De humanos es: sentir vigiladas las
acciones, pensar en lo imposible y temer a lo desconocido. De ellos también es
virtud creer, en lo que se ve y con
mayor fuerza, en lo que no se ve. Preguntarse sobre esa arbitraria situación
llamada existencia es como tratar de entender cómo es la imaginación de una
persona nacida ciega ¿conoce el color? Del mismo modo, averiguar sobre cuál es el
origen de la existencia es un imposible, pues tendría que existir el origen de
ese origen y así eternamente recorrer el círculo de una limitada lógica.
En
un lejano lugar de no sé qués existían ilustrativos entes que tenían la
ilusión de convertirse en humanos, estaban tan cansados y aburridos de su
existencia que vieron en los mortales la chispa del sentido de vivir, es decir,
que alguna vez todos tenían que morir. Querían sentir de nuevo aquello que le
llaman recuerdos, la monotonía de la
constante conciencia había borrado en ellos esa bella sensación.
Guardados
en el baúl de la observación, eran testigos de las interminables comedias y
tragedias de la vida cotidiana de los seres mortales. El que un humano sepa que
algún día tendrá que morir y apagar su pensamiento lo impulsa a que cada día
haga cualquier acción marque la diferencia, más allá del diario vivir, es tan
egocéntrico que quiere que lo recuerden en futuras generaciones, por eso se
esfuerza en dejar una huella sobre su presente y que otros sepan que él estuvo allí. Los entes, cansados de
sus propios pensamientos, envidiaban lo que le da sentido a la existencia de
los humanos, la muerte, quisieron ser humanos y se obsesionaron con esa idea.
Un
día uno de los entes pensó que la posesión era el camino para sentir lo que los
humanos, vivir sensaciones por un tiempo y luego acabar con la propia
existencia cuando la muerte llegara al sujeto poseído. Pero, se dio cuenta
estando dentro del hombre tenía que disputarse el control del cuerpo con una
energía, un fuego vivaz que luego llamó alma.
Después
de varios experimentos y reunidos en el baúl de la observación, concluyeron que
ese fuego vivaz era demasiado fuerte para combatirlo. Podría usarse el cuerpo
para revivir aquellas experiencias anheladas, pero no llegarían a ocupar el
cuerpo completamente para hacer uso de la mortalidad y así auto eliminarse.
El
drama de estos seres era tal que durante mucho tiempo observaron sin descanso a
los humanos en busca de aquel camino para acabar con su eternidad. Un día una
reflexión surgió de aquel colorido y a la vez in-significativo observatorio, al
ver una mujer llorar porque un ingrato le rompió el corazón, sus últimas
palabras antes de volver a estar bien fueron: yo sé que nada es para siempre, la vida, la familia, los amigos, la fe
y la esperanza. Pero en el caso del amor, al que le dicen que es incondicional
y no tiene límites, ese que parece
eterno cuando se vive, en realidad es el que menos duración tiene. Lo bello de
que llegue a su fin, de que muera, es que su única existencia queda reducida a
un recuerdo; sólo existirá cuando la mente quiera recordarlo, de resto se
olvidará y quedará condenado a la no existencia. Para los entes fue tan
clara la declaración, que sin mirarse unos a otros para asentir supieron
exactamente qué hacer.
Buscaron
parejas que parecieran realmente enamoradas para poseerlas, el riesgo era que
si la pareja tenía un amor verdadero, como almas gemelas, esos fuegos vivaces
lucharían hasta la muerte por no separase jamás, condenando a los entes a su
desgastada existencia eterna. Debían confiar en el instinto de no caer en
aquellos cuerpos verdaderamente enamorados, arriesgarse.
El
objetivo era claro para todos ellos: disfrutarían de un tiempo de lágrimas,
risas, esperanzas y sueños que pudiera construir la pareja. Una especie de
despedida para ellos mismos donde sólo intervendrían para dañar de vez en
cuando la relación a través de problemas, con algunas razones absurdas y otras
muy cuerdas. La última fase de su despedida, cuando ya estuviesen listos para
dejar de existir, intensificarían los problemas para empezar a cansar a las
parejas y darles argumentos para dejarse. Podría darle argumentos a uno solo o
a ambos, el juego ahora era cansarlos.
Así
muchos tuvieron éxito, se metieron en cuerpos enamorados y durante el tiempo
que ellos decidieran, habría risas o habría discusiones. Unos duraron meses, otros
años y otros matrimonios. Todo fue dependiente de cuánto se disfrutara del show
por parte de los entes.
En
otras ocasiones en las que las almas quisieron luchar durante muchos años,
tragándose orgullos, traiciones y decepciones, los entes tuvieron que luchar
con todas sus estrategias para lograr su objetivo de inexistencia: dolor,
recuerdo y arrepentimiento pasaron una y otra vez por las mentes de los
sujetos, haciéndolos llorar y cobrar fuerzas para ir alejándose de ese ser que
amaron. La persona dejaría de amar algún día a la otra y cuando se acordara de
su relación… tan sólo habría un recuerdo, que no duraría más de cinco minutos.
Aquellos
que no tuvieron suerte cayeron en batalla con almas gemelas y siguieron su
aburrida existencia sin sentido al cansarse de tanta paz y amor entre la
pareja. Aquellos que tuvieron éxito dejaron para sí mismos el recuerdo, pero
para las personas que les sirvieron de puente para su inexistencia, para ellas
quedó la experiencia, como regalo de parte de los entes.
