Existe una infinidad de demonios a los que puede enfrentarse el hombre, si
imaginamos que esos demonios son como los árboles de una cadena de elipses
enlazadas todas entre sí, podremos entender que cada uno de los puntos
sucesivos que las conforman es una estación en la cual alguna vez en la vida
nos hemos estacionado.
Estas estaciones son las
situaciones de nuestra vida en dónde sentimos una u otra emoción o sentimiento,
algunos seres van de una estación a otra con tal frecuencia que supongo, sus
vidas deben ser desde una perspectiva apasionada: interesantes.
Algunas de estas estaciones deben
ser tremendamente complicadas en sentido de malas e indeseables, por supuesto
nadie negará que son necesarias, pero que quede claro: no deben ser eternas.
Otras deben ser regocijantes, hay
tanto éxtasis allí que cuando lo llamamos “auge de nuestras vidas” lo único que
puede sentirse ligeramente en algunas mentes es el miedo por caer de esa
preciosa nube. A veces… el aburrimiento de ese auge llega y quisiera tenerse
alguna tragedia. Es el eterno equilibrio del universo, lo bueno en exceso
también puede ser malo pues los extremos son negativos.
Los llamo demonios porque te
mantienen en un vaivén que a veces, sólo a veces, se vuelve insoportable. Un
equilibrio entre el bien y el mal sería entonces un “ángel”, ejemplando, sería
un árbol con fruta no venenosa; pero el solo hecho que haya esa perfección también
es malo pues las crisis y los auges son parte del juego de no aburrirse en esta
vida, por tanto esos ángeles también son demonios. Conclusión: todos los
árboles son demonios y es lógico, como dijo Aristóteles: “la vida es una
tragedia”. Muchos entenderían eso como algo muy pésimo pero si analizan mejor,
en la tragedia hay también buenos momentos y a veces la muerte no significa un
fin malo del ser.
En todo ese juego de elipses obviamente
hay un centro donde la neutralidad de los árboles SÍ existe, ese centro rodeado
de bosque eternamente circular es la detestable pero exquisitamente sabia “existencialidad”.
Es claro que si alguna vez nos estacionamos allí debió ser por una introspección
y aunque personalmente prefiero no estar en ese lugar, hay que aceptar que
colabora con el autoconocimiento, necesario en todos los aspectos de la vida y
sus estaciones; y más aún, del avance de subir más ramas de los árboles a tal
punto de conocer sus copas, es decir, nuestros propios límites en cierta
estación que puede estar o no en la copa del árbol. De hecho, algunas personas
encuentran su límite pocas ramas arriba de la base e incluso en el mismo pie
del árbol trazan una raya.
Una vida bien aprovechada
definitivamente debió haber pasado por todas las estaciones una y otra vez, de
otro modo habría sido aburrida. Aquellos que llegan a la copa real del árbol
llegaron al extremo y dependiendo de qué árbol es pueden haberse criado dioses
ó criminales, por eso la cultura es la que detiene al salvajismo del animal que
querría moverse con total libertad por todo aquella estación. Sería deducible comprender
que con la cantidad de mentes que hay en el planeta el anarquismo sería el
retroceso a una comunidad con valores primitivos, a veces colectiva entre sí pero
en su mayoría de integrantes, autócratas.
