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domingo, 18 de marzo de 2012

El eterno retorno


Existe una infinidad de demonios  a los que puede enfrentarse el hombre, si imaginamos que esos demonios son como los árboles de una cadena de elipses enlazadas todas entre sí, podremos entender que cada uno de los puntos sucesivos que las conforman es una estación en la cual alguna vez en la vida nos hemos estacionado. 

Estas estaciones son las situaciones de nuestra vida en dónde sentimos una u otra emoción o sentimiento, algunos seres van de una estación a otra con tal frecuencia que supongo, sus vidas deben ser desde una perspectiva apasionada: interesantes.

Algunas de estas estaciones deben ser tremendamente complicadas en sentido de malas e indeseables, por supuesto nadie negará que son necesarias, pero que quede claro: no deben ser eternas. 

Otras deben ser regocijantes, hay tanto éxtasis allí que cuando lo llamamos “auge de nuestras vidas” lo único que puede sentirse ligeramente en algunas mentes es el miedo por caer de esa preciosa nube. A veces… el aburrimiento de ese auge llega y quisiera tenerse alguna tragedia. Es el eterno equilibrio del universo, lo bueno en exceso también puede ser malo pues los extremos son negativos. 

Los llamo demonios porque te mantienen en un vaivén que a veces, sólo a veces, se vuelve insoportable. Un equilibrio entre el bien y el mal sería entonces un “ángel”, ejemplando, sería un árbol con fruta no venenosa; pero el solo hecho que haya esa perfección también es malo pues las crisis y los auges son parte del juego de no aburrirse en esta vida, por tanto esos ángeles también son demonios. Conclusión: todos los árboles son demonios y es lógico, como dijo Aristóteles: “la vida es una tragedia”. Muchos entenderían eso como algo muy pésimo pero si analizan mejor, en la tragedia hay también buenos momentos y a veces la muerte no significa un fin malo del ser.

En todo ese juego de elipses obviamente hay un centro donde la neutralidad de los árboles SÍ existe, ese centro rodeado de bosque eternamente circular es la detestable pero exquisitamente sabia “existencialidad”. Es claro que si alguna vez nos estacionamos allí debió ser por una introspección y aunque personalmente prefiero no estar en ese lugar, hay que aceptar que colabora con el autoconocimiento, necesario en todos los aspectos de la vida y sus estaciones; y más aún, del avance de subir más ramas de los árboles a tal punto de conocer sus copas, es decir, nuestros propios límites en cierta estación que puede estar o no en la copa del árbol. De hecho, algunas personas encuentran su límite pocas ramas arriba de la base e incluso en el mismo pie del árbol trazan una raya. 

Una vida bien aprovechada definitivamente debió haber pasado por todas las estaciones una y otra vez, de otro modo habría sido aburrida. Aquellos que llegan a la copa real del árbol llegaron al extremo y dependiendo de qué árbol es pueden haberse criado dioses ó criminales, por eso la cultura es la que detiene al salvajismo del animal que querría moverse con total libertad por todo aquella estación. Sería deducible comprender que con la cantidad de mentes que hay en el planeta el anarquismo sería el retroceso a una comunidad con valores primitivos, a veces colectiva entre sí pero en su mayoría de integrantes, autócratas.

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